Nuestro adiós a Juan Peña “El Lebrijano”

Para nuestro primo Juan…

por Diego Fernández

Como director del Instituto de Cultura Gitana quiero trasmitir el pésame a la familia de Juan Peña “El Lebrijano” y a todos los flamencos en general por tan irreparable pérdida. Así se lo he manifestado privadamente en nombre del Instituto a todos sus familiares y públicamente en el pleno del Ayuntamiento que se convocó en su pueblo, Lebrija con motivo del fallecimiento. Juan era patrono de la Fundación Instituto de Cultura Gitana que al fin y a la postre es una Fundación pública del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes y por ello agradezco al Sr. Ministro Méndez de Vigo su oportuna declaración manifestando que todos lloramos “lágrimas de cera” por uno de los artistas más importantes que ha dado el flamenco.

Pero, junto a estas declaraciones institucionales que creo son necesarias para encabezar mis palabras, quiero dejar ahora que sea mi corazón gitano quien hable aún a sabiendas de que a pesar de haber transcurrido unos días sigo consternado y el dolor me atranca la garganta. He conocido personas muy importantes de las que he aprendido que la humildad es directamente proporcional a la grandeza y que el triunfo en el arte como en la vida es el resultado más del esfuerzo que de la fortuna. No niego que la suerte ayude a subir la montaña, pero sin trayectoria el brillo es tan efímero como una estrella fugaz. Por el contrario, quien ha subido escaleras para llegar arriba, seguirá agrandando su leyenda hasta después de su muerte. Así ocurrirá con este gran gitano, Juan Peña “El Lebrijano”, que formará parte de los libros de historia del flamenco así que pasen los siglos. La leyenda de Juan quizá empezó en Lebrija un día que La Paquera se quedó sin guitarrista y pidió a aquel niño rubio hijo de Bernardo y María La Perrata que le tocase la guitarra en el escenario y meses después, que cantase como cantan los gitanos: con coraje y compás. El coraje es solo la consecuencia de haber soportado demasiados silencios, el compás es un préstamo sine die que nos hizo la providencia. Pero Juan tenía más cualidades que incorporó de un modo progresivo a su cante. Entre ellas citaré la elegancia en los sonidos, la profundidad intelectual de las letras que atrajo temáticas hasta ese momento inaccesibles, la modernización en algunos palos que habían quedado atascados, la introducción de nuevos instrumentos musicales, el apoyo coral en momentos puntuales, la escenificación temática y global en sus trabajos. Estas cualidades y algunas más que no cito por falta de espacio fueron introducidas por Juan equilibradamente, entre otras razones, porque el flamenco es poco propicio a cambios revolucionarios. Recuerdo que Juan me contaba que estas ideas más actuales se fraguaron al tiempo que en aquel Madrid de finales de los sesenta y setenta del pasado siglo aprendía y disfrutaba con la Niña de los Peines, Rafael el Negro, Niño Ricardo , Antonio Mairena y tantos otros genios de la pureza flamenca. A mediados de los setenta, la larga dictadura del general Franco tocaba a su fin y un soplo de aire limpio comenzó a inundar las corrientes artísticas que clamaban libertad sin ira, pero libertad. El franquismo había sentado en el banquillo de los acusados la libertad y le había impuesto una dura condena. Muchos creadores estaban esperando derramar sus ideas taponadas a golpe de censuras, tópicos y amenazas. Los artistas abrazaron la democracia con la fuerza de los mares y entre ellos nuestro primo Juan, que fue el cantaor flamenco más comprometido con el nuevo régimen de libertades.

Todos los pueblos del Estado afirmaron su identidad sin complejos y exigieron reconocimientos y deudas históricas apoyándose en corrientes literarias, filosóficas o artísticas en general. Pues bien, nuestro primo Juan tuvo la valentía de afirmar la identidad de los gitanos, de escribir nuestra historia cantando por tonás, galeras o bulerías, gritando sin complejos que los gitanos somos supervivientes de años de desprecio, de agresiones y de intentos de exterminio. Y así nació una obra cumbre de la historia del Pueblo Gitano y del flamenco en general, “Persecución” en la que Juan elevó los poemas de Félix Grande al mito flamenco. Miles de gitanos compramos discos de vinilo o casetes en tiendas o mercadillos para aprender nuestra historia y a medida que escuchábamos flamenco llorábamos pensando en lo que habían sufrido nuestros antepasados solo por el hecho de ser gitanos. Escuchando “Persecución” y leyendo “Nosotros los gitanos” de Juan de Dios Ramírez Heredia muchos primos y primas tomaron la decisión de levantar la cara con orgullo cada vez que alguien intentase humillarnos o insultarnos gritando “gitano”. “Persecución” marca un antes y un después en la historia del Pueblo Gitano y por lo tanto con independencia de la enorme trayectoria discográfica de Juan Peña el Lebrijano, solo por esta obra todos los gitanos debemos sentir el mayor agradecimiento , y como decía D. Antonio levantarnos y quitarnos reverentemente el sombrero. Aprendimos que los gitanos no eran los delincuentes, sino que eran las víctimas aunque la historia durante siglos la contasen los verdugos. ¡Qué gran honor ser heredero de gitanos y gitanas valientes que no abdicaron de su gitanidad aunque les dieran latigazos, les cortasen las orejas, les mandasen a galeras o a las minas, o los encerrasen de por vida! ¡Qué orgullo más grande ser hijo de perseguidos o humillados por haber sido paridos por una gitana¡ ¡ole los gitanos que eran más fuertes que el dolor del látigo, sabían ver en la oscuridad, ocultarse entre los caminos en mitad de la tormenta, no desfallecer aunque los golpeasen o los torturasen hasta que la sangre manase a borbotones! ¡orgullo de gitanos , vergüenza de verdugos! Han pasado muchas primaveras desde “Persecución”, pero como todo gitano que tenga sentimientos, sigo llorando cuando escucho “Libres como el aire, libres como el viento”, un cante emblemático que muchos gitanos han propuesto – y yo comparto- adoptar como un himno de los gitanos españoles y cada vez que lo escuchemos orar por nuestros antepasados.

Juan Peña “El Lebrijano” es ya un mito del Pueblo Gitano y como tal debemos defenderlo. La bandera de los gitanos azul como el azul del cielo y verde como la yerba de los campos cubrió su féretro hasta el final. Ahora pidamos que su nombre forme parte de las calles o plazas de nuestros pueblos o ciudades para que su memoria siga viva. Descansa en paz, querido primo, siempre te recordaremos como un gitano valiente que cantaste la verdad de nuestro Pueblo sin ira pero con orgullo. Orgullo de ser gitano. Diego Fernández Jiménez Director de Instituto de Cultura Gitana.

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